Hola. Voltaire señalaba a quienes andaban por las mismas tierras que él , que la virtud tiene que ser ejercida por amor y no por miedo (Ver Fraude, en su Diccionario Filosófico).
Bien venidos a Tintas y Trazos.


Leandro Trillo.


lunes, 27 de diciembre de 2010

CRÓNICA DE UN ACTO ESCOLAR

Me invita mi sobrina a su acto de fin de curso de escuela primaria. Una aglomeración descomunal nos recibe. El acto reúne a todos los alumnos de la escuela y a la familia de cada uno de ellos. Somos verdaderamente más que muchos. De repente entran en escena dos conductores dispuestos a dar formal inicio al acto. Ambos, inexplicablemente, están vestidos con atuendos gauchescos. Ella y él, ahí parados, irradiando una simpatía por demás melosa. Lo que hacen es guiar una serie de presentaciones que los alumnos de la escuela han preparado, seguro estoy, bajo la estricta y atenta vigilancia y disciplinamiento del equipo docente. Entran los pibes, disfrazados los nenes de gauchos y las nenas de chinitas. El disfraz es un buen símbolo. Algo del orden del juego ha aparecido. Están divididos en grupos y en parejas y comienzan a hacer, con música de fondo, movimientos robóticos. No es lo mismo que verlos jugar. Pareciera que están siendo atormentados.
Logro darme cuenta de que lo que están tratando de simular es un baile. Sin embargo los observo no deseosos de bailar. Lo que estoy viendo tiene el aspecto de otra práctica que nada tiene que ver con el deseo. Están reproduciendo un ejercicio disciplinatorio. Los noto aburridos, in deseosos, los pibes no quieren estar abrazados a sus compañeritas de grado y ellas tampoco a ellos. Sospecho que, como a mi cuando iba a la escuela primaria, los asustan las posteriores bromas que compañeros y/o familiares inescrupulosos puedan llegar a hacer. Mucho les cuesta a los organizadores de los eventos escolares ponerse en el lugar de los pibes. Parece, hoy, aquí, que los docentes y los directivos no tienen memoria. Si no, no se explica como hacen pasar a los pibes por semejante travesía de aburrimiento.
Mientras los veo, mientras observo conmovido cuerpos de cinco, seis, siete, ocho años ya aburridos, ya disciplinados y obligados a portar una careta que no desean en beneficio de las fotos familiares, de las sonrisas de padres tristes y distraídos que extrañamente avalan ese ritual indecoroso, mientras los observo, me aterroriza lo que les sucede a los pibes. Es como ver la película The Wall. Solo algunas escenas.
Los conductores, maestra de matemática y de educación física me han dicho hace poco, se encuentran extasiados. Me pregunto qué es lo que hacen y qué lo que generan en las aulas. ¿Cómo se sienten los alumnos, y qué les dicen a sus padres en sus casas, si es que hablan de la escuela? ¿Qué dicen los pibes, qué le pasa a mi sobrina? Cuando le pregunto, me dice que se aburre. Solo eso. Afortunadamente logra salirse del ritual, porque a los pocos minutos de haber empezado el show anda correteando con otras nenitas que andan por ahí sin darle la menor importancia ni prestarle la menor atención a la didáctica propuesta por los docentes.
Los disfraces del acto han sido naturalizados ya. Increíblemente la manipulación del hecho lúdico del disfraz ha logrado aburrir a los niños. O solo serán algunos disfraces. O solo algunos lugares.
Nos hemos pintado la cara con mi sobrina, usando témperas y maquillajes de madre, y nos hemos disfrazado también. La última vez fue reciente. Pero a diferencia de lo que sucede en esta escuela, la pasamos muy bien, nos concentramos en la divertida tarea de disfrazarnos. Nos preguntamos de qué nos vamos a disfrazar, cuáles serán los colores que usaremos para pintar nuestras caras, y para qué. Lo consensuamos. Gozamos del deseo de jugar y lo hacemos para nosotros. Solo para nosotros. Para construir placer. Nada más importa. Al diablo esto que estoy viendo. Preferiría verlos jugar.
Intuyo, a diferencia de algunos maestros, que mi sobrina, al igual que cualquier otra nena o nene, es un sujeto que debe aprender a ser autónomo, a entender y a oír a sus deseos. Por eso conversamos. ¿De dónde sale la sospecha de que los nenes carecen de la facultad de conversar? (versar – con). Cuando nos encontramos a jugar trato de evitar decirle ponéte esto que vamos a hacer tal o cual cosa.

Los movimientos robóticos y aburridos que les hacen hacer a los pibes en este acto, tan parecido a los que viví yo en mi experiencia de escuela primaria, me hacen sospechar que nada ha sido consensuado allí. Es decir, la tesis sostiene que en la escuela el niño, en lo que respecta a recreación y al juego, no tiene ni voz ni voto.
- Hubiera preferido verlos jugar
le respondo a mi cuñada cuando me pregunta qué me parece el acto.

Todo transcurre bajo la sensación del aburrimiento. Nada cambia como para encontrar un aliciente institucional. Cada vez es más aburrido. Me arriesgaría a decir que el aburrimiento es lo que nos está uniendo en estos momentos. Parece que los equipos docentes, o el responsable de éste acto, no intuyen aun algo acerca de la conveniencia de rediseñar los actos y los dispositivos pedagógicos. Les tendría que bastar con ver las caras de las personas presentes. Padres y madres en su mayoría.
Veo en las caras de los padres que tengo cerca las mismas actitudes, los mismos gestos y las mismas ganas y deseos de emprender una discreta retirada. Jamás vi tanta gente y tanta institucionalidad colaborando a mantener y sostener un espacio de aburrimiento y fingimiento. Sé que cualquiera de los presentes desea estar haciendo el amor en el baño de un bar cualquiera, o mirando un recital, o bañándose. Además el calor es insoportable.

En el escenario, pequeño, empiezan a instalarse instrumentos. Un pequeño órgano. Una batería electrónica que me llama la atención, pues nunca he visto una en directo. Comienzan a subir niños al escenario. Son como siete. No hay demasiada presentación. Los conductores, debo decirlo, están diciendo
- ¿Y mámis y pápis? ¿Les gustó el gato que bailaron los chicos de primero inferior? ¿No es esto verdaderamente una fiesta?
Me la imagino gozando.
- Les vamos a pedir a las mámis y a los pápis que se sienten en sus lugares y que hagan un poquito de sileeencio. ¿A ver cómo hacen silencio las mámis y los pápis? … Hacemos silencio… ¿Les parece? Ahora viene un momento muy especial de la noche.
Como no podía ser de otra manera el alboroto sonoro y corporal es indisimulable pues el aburrimiento y la desazón son insoportables también.
Elijo perderme. No estoy cómodo. Salgo a fumar un cigarrillo. Entro y están los pibes en el escenario y se empiezan a escuchar acordes. La menor, re menor, la menor otra vez, mi mayor séptima y vuelta a la menor. El clima es de cumbia. Uno de los pibes tiene un rallador, otro unos bongoes, otro está detrás de la batería electrónica. El del teclado canta. No son temas conocidos. Después supe que son composiciones de ellos, mayoritariamente del pianista. Eso me parece una muestra de singularidad frente a la insignificante reproducción que he estado vivenciando durante toda la noche. Pibes que demuestran que hacen arte y lo están compartiendo. No vibro en frecuencia de cumbia y, sin embargo, al aparecer ellos en escena, la escenografía subjetiva del lugar cambia. Todo se descontrola. La gente grande y chica comienza a moverse, los pibes corren desaforadamente por todo el lugar gris. Cada vez más grandes van y vienen. Me instalo al lado de uno de los parlantes más grandes. Muy cerca del escenario. Al lado. Al lado estaba yo, respirando por fin aire puro en medio del humo y del olor insoportable de la estupidez, saliendo de esa mediocridad a la que yo también he contribuido a mantener y crear cuando era pibe, pues viendo a mi sobrina en esa escuela me veo también a mi, lejos, bajo las mismas consignas, bajo la conducción de los mismos tipos que observo ahora. Ellos están al frente de las aulas enseñando quien sabe qué. Recuerdo que participo de conversaciones en donde se dice la juventud ha perdido el rumbo, los pibes están en cualquiera. Etcétera.
Pobres pibes. Pobres pibes, pienso.
Pasaron dos temas tocados por los pibes. El conductor dice por micrófono abierto, después de no haber podido prestarles atención
- Bueeeeno, muchas gracias a los chicos que tocaron la múuuusica, ¿qué les parece si les damos un fuerte aplauso para agradecerles que hayan tocado para todos nosotros? ¿Siiii? ¡Vamos todos, pápis y mámis, un aplauso para los chicos!
La menor. De nuevo
- Bueno, ahora sí, muchas gracias a los chicos que estuvieron muy bien.
La menor. Re menor. Cada vez más insistente.
- Bueeeno bueeeno… Parece que los chicos quieren seguir tocando, pero el programa del acto indica otra cosa, así que le vamos a pedir a los chicos que…
Sol menor imponente, constante.
-Bueno, ¿Quieren tocar un tema más? ¿Les parece mámis y pápis que escuchemos un temita más de los chicos? ¿Siii?
La conductora acota. No la escucho.
- Bueno ahora otra interpretación que los chicos nos regal…
Empieza a sonar otro tema tocado por los pibes. La indignación parece que brota de los conductores. Estoy al lado de ellos porque estoy aun al lado del escenario.
Parece que terminaron de tocar. Otra vez los conductores intentan cortar la música para dar paso a sus creaciones inmundas y horribles y flagelantes. Nada les queda a esos pibes de ese acto, al igual que nada es lo que me ha quedado a mi después de haber actuado un gato, igual a cualquier otro, en Junio de mil novecientos noventa y dos en el salón de mi escuela para satisfacción y fotos sacadas por mis padres y sus colegas.
- Bueno, ahora voy a tocar un tema que se lo dedico a mi mamá que sé que me acompaña
dice el pibe del piano. Empieza a tocar. Canta. Entiendo que su mamá ha muerto y que el tema ha sido compuesto para ella. El descontrol es notorio. Nadie escucha demasiado atentamente a los pibes pero mucho menos a los conductores. Ya nos han cansado demasiado a todos.
Termina el tema. Una señora muy gorda sube al escenario y mientras los demás pibes dejan sus instrumentos, el del piano baja tomado de su brazo. El pibe es ciego. Mientras baja las escaleras le comienzo a gritar por entre el griterío generalizado
-¡Bien loco, bien, bien!
Ahora me pasa por al lado y le acabo de dar un beso al pibe y lo abracé. A todos los esperé y los toqué en el pecho a través de una palmada. Necesito que sepan que alguien ha estado atento y celebrando las interrupciones que les han propiciado a los conductores, símbolos de la reproducción de la frialdad, de lo estático y de lo mediocre. El hecho de rescatar del tedio de la reproducción a los pibes no es poca cosa. No se si alguien más les dijo algo, pero yo debo rescatarlos. Me doy cuenta de que así deben ser los actos. Con música tocada por los pibes. Con música elegida por ellos, sin directivas de nadie que en nombre de la adultez decreta lo que es mejor y más saludable a los fines de un simple y sencillo acto. Siempre es preferible ver a los pibes jugar. Esa debería haber sido la consigna.
El espacio del salón es como si se tratara de un estadio. Una gran cancha que al momento del ritual se encuentra vacía, con tribunas en los alrededores que contienen a padres, tíos y demás aburridos, de modo tal que todos vemos hacia el centro de la cancha, sitio en donde los pibes actúan esa porquería que les han obligado a hacer. Hubiera sido, no solo más bello, sino también más sano para los pibes y para el mismo cuerpo social que la consigna hubiera sido que jueguen. Que la cancha se hubiera llenado de juguetes y que jueguen. Que jueguen para que quienes los queremos los miremos jugar, y que nos muestren así lo que late en ellos, lo que desean, lo que los hace gozar, lo que los hace vibrar, como si se tratara de música. No la intención de que sean el espejo de los deseos adormecidos de los docentes y hasta de algunos padres. Autonomía, viejo, ¿cuando lo van a entender? ¿Cuándo van a dejar de reproducir?
Peor temor me causa pensar que nadie se haya preguntado nada acerca de estas cuestiones ante semejante muestra de frialdad y de creatividad muerta. Aunque en verdad no lo se. Tampoco parece ser un fuerte esta capacidad nuestra de dialogo.
Veinte años después, los actos son los mismos. Los aplausos que oí esta noche fueron las melodías más crueles que alguna vez haya oído. Brujas horrendas y caníbales, fantasmas amenazantes, vampiros grises y sedientos y criaturas que hacen del hecho de estar vivo una perpetua y leve tortura me aterrorizan desde que fui parte de esa velada. Pobres pibes.

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